Poetry
Alex Bäcker
2025
1 min readUn poema que celebra la creación divina de la mujer a través de metáforas geográficas que invitan a la exploración amorosa.
Dicen que Dios, en divina osadía, moldeó a la mujer con arte y poesía. No quiso crear una igual a otra más, y al hombre le dio un mapa sin final.
Con manos de viento, con dedos de fuego, formó mil paisajes de amor y de juego. Algunos montes erguidos, señeros, otros suaves, como valles sinceros.
Hay cumbres altivas, de formas complejas, con rocas brillando en sus cimas viejas. Hay pechos pequeños, como dulces laderas, que al tacto del alma se tornan primaveras.
Y en cada ombligo, una brújula oculta, que al explorador la pasión le resulta. Más abajo, mares de misterio y luz, algunos oscuros, otros con cruz.
Hay vastos océanos, de olas abiertas, bahías angostas, con playas cubiertas. Hay selvas que guardan el más dulce canto, y dunas que tiemblan con sólo un encanto.
Algunas vaginas son islas secretas, rodeadas de risas, de notas discretas. Otras son puertos de abrigo y de calma, que mecen al navegante en cuerpo y alma.
Y así fue creado el más bello universo: el de la mujer, profundo y diverso. Y aquel que la explora, sin prisa ni encono, recibe del viaje un tesoro sin tono.
Pues no hay horizonte que no dé su premio a quien navega sin miedo ni apremio. Dios, sabio y eterno, lo hizo perfecto: explorar a la mujer... es amar el trayecto.